miércoles, 21 de abril de 2010

El Brujo blanco -4-

El regreso de Ron y un rescate

Algunos años después la sociedad mágica estaba prácticamente reconstruida y con las heridas si bien no cerradas, al menos en franco proceso de cicatrización. Y sabido es que donde quedan marcas hay aprendizaje adquirido con dolor. Y pocas ganas de repetir viejas historias.

Para esas navidades, Ron volvía de Rumania para quedarse. Había crecido. Estaba muy alto y su cuerpo parecía esculpido. El pelo largo de un rojo más oscuro, estaba atado en una coleta. El niño que no sabía que hacer con su larga contextura desgarbada, había dado paso a un hombre seguro y conforme consigo mismo. Y todo eso se reflejaba en su mirada, de un azul límpido y sereno como un cielo de verano.

Tres años sin verse. De pronto, Harry y Hermione no sabían qué hacer frente a esa figura desconocida, el larguirucho, inseguro e impulsivo Ron había desaparecido y ellos debían acomodarse a esta nueva realidad. Sin saber bien porqué, se tomaron de la mano, como si con ese gesto pudieran fortalecerse.

En la cocina de La Madriguera el silencio era absoluto. Todos de pie, casi rodeándolos. Repentinamente, Ron abre los brazos y Hermione se soltó de Harry y se hundió en ese pecho amplio y tan tibio como lo recordaba. Llorando sin parar se desprendió para darle lugar a Harry, pero enseguida se apiñaron como si no fueran a soltarse nunca más. El clan Weasley al completo, tía Muriel incluida, aplaudieron y la actividad comenzó. En cinco minutos se armaron varias mesas diseminadas en lo que podría ser el comedor y en diez parecía que era una navidad como las que celebraban antes de la guerra, cuando estaban todos y el alma entera.

Después de cenar los tres amigos y Ginny se aparecieron en Hogsmeade. En Las Tres Escobas los esperaban ex compañeros de todas las casas. Sí, de todas porque Theo Nott, quien desde siempre había estado libre de culpa y cargo, era "un algo sin nombre" de la sabelotodo Granger. Y allí, entre risas, anécdotas y sueños por cumplir, se prendaron una rubia excéntrica y un renovado pelirrojo. Luna y Ron.

A partir de allí la vida siguió con viejas y nuevas rutinas. Ron se trasladó a Grimmauld Place con Harry, le quedaba cerca de la Escuela de Sanación de Animales Mágicos. Comenzó a estudiar en Rumania pero quería volver a Inglaterra un tiempo y recibirse allí, antes de volver para instalarse en el lugar donde encontró tanta paz.

La castaña y Ginny compartían un precioso departamento en la zona de Covent Garden. A la primera le faltaba nada para entrar al Ministerio como Inefable y bajo la tutela de Severus Snape, se había convertido en una experta pocionista. Ginny era cazadora de Las Arpías y seguía siendo la novia del niño que vivió y el auror más joven de todos los tiempos.

Harry y Hermione habían logrado su propósito y ella fue más lejos aún cuando decidió saltarse un par de reglas. Con la anuencia de su amigo y del Ministro que hizo la vista gorda.

Ella resolvió ayudar a Draco a como diera lugar. No sabía bien por qué pero le parecía inadmisible que Malfoy no pudiera terminar su educación mágica, al menos eso es lo que decía en voz alta. Le pidió ayuda a Snape que aceptó gustoso. Este era el plan:

-Tengo guardados todos los apuntes del último año en Hogwarts y los libros, por supuesto. Y anoté muy cuidadosamente los movimientos exactos del brazo y muñeca con ilustraciones para que el hurón pueda aprenderlos y practicar…sin la varita. También tengo una copia de todo lo que me enseñó. Usted tiene permitida una visita al mes. Le puede contar mi plan y si acepta yo puedo llevarle las cosas. Nadie sospechará de mí.

-¿Por qué haces esto, señorita Granger? –preguntó el ex profesor de pociones. Hermione pensó un momento antes de contestar con firmeza.

-Porque éramos unos niños que tuvimos que crecer de golpe y muchos de nosotros sin guía o con la guía inadecuada. Además…Nadie merece, ni siquiera él, perder el derecho a ser quién es.

-En ese caso, te ayudaré. –Y giró en dirección a la puerta de calle.

-Profesor…-lo llamó insegura.

-Dime Granger –contestó dándose apenas vuelta.

-Me dejaron hacerlo con una condición.

-¿Cuál?

-Lanzarle un hechizo de reconocimiento y rastreo, indetectable para la persona que lo recibe. Usted sabe que estuve trabajando en ello desde mi último año en el colegio y gracias a eso es que ahora podré ser Inefable.

-Lo sé, Granger. Y siempre me pregunté por qué estabas tan obsesionada trabajando en ello. Creo que acabo de descubrir la respuesta –le comentó con un deje de admiración en la voz-. Y supongo que quieres que yo lo haga.

-¿Lo haría por mí, profesor? ¿Por favor?

-Sí, Hermione, lo haré por ti.

…oOo…

Ese día de enero el viento y la nevisca azotaban el pueblo donde Draco vivía. Severus se abrió paso luchando contra la fuerza del viento helado y cuando por fin pudo entrar a la pequeña casa, se acomodó frente a las llamas y sacó una botella de whisky de fuego. El joven rubio trajo dos vasos y se sentó en una poltrona frente a su ex profesor. Estuvieron un rato en silencio, disfrutando de la mutua compañía hasta que Snape se decidió a hablar. Le comentó las intenciones de la ex Gryffindor y la diatriba contra la comelibros no se hizo esperar. Con cara de profundo aburrimiento, Severus lo dejó parlotear hasta el cansancio. Cuando se calló le dijo:

-No seas idiota. Pensé que en estos tres años habías crecido. Hasta Weasley lo logró –le soltó con una cierta decepción en la voz.

-No me compares con esa comadreja.

-Sin duda que no, evidentemente, él no se lo merece.

Draco lo miró con dolor y en ese momento su mirada gris adquirió una profundidad que asombró a su antiguo mentor.

Snape continuó:

-Draco, todo lo que quiere hacer es ayudarte.

-¿Por qué?

-Pregúntaselo a ella, si tu aceptas su propuesta vendrá en unos días y si todo va bien entre los dos conseguirá un permiso para visitarte más seguido con la excusa de que no quiere estudiar sola.

Draco lo miró interrogante.

-Hermione…

-Ahora la llamas por su nombre –lo interrumpió.

-Hermione – reanudó su discurso como si no lo hubiera interrumpido- se cambió a Oxford con el sólo propósito de continuar sus estudios de bioquímica contigo y así justificar la necesidad de estudiar juntos.

-¿Y la comadreja la dejará hacer eso? –preguntó con sospechosa indiferencia.

-El señor Weasley jamás osaría entrometerse en una decisión de Hermione, ni antes ni ahora. La diferencia está en que ahora ni siquiera le montaría una escena.

-Y eso es porque… -dejó la frase incompleta esperando la respuesta del hombre frente a él.

-Porque Ronald maduró. Y si quieres saber si son novios pregúntalo directamente, muchacho –siseó como la serpiente que nunca dejaría de ser.

Severus bufó molesto antes de agregar:

-¡Maldito niño, malcriado! ¡Madura de una vez, Draco! Y no, no son novios. Hace años que dejaron de serlo, desde que ella y Harry Potter…

-¿Ella y Harry Potter? Esa chica es más idiota de lo que creí –rabió con un imperceptible temblor en la comisura de los labios.

-¡No! si definitivamente, tu cerebro se lo diste de merienda a un hipogrifo. Ella tiene algo con Theo Nott –le disparó de improviso y Draco casi se marea de la impresión.

-No puede ser… -susurró.

-Sí, es. Y si te interesa haz algo al respecto pero deja de balbucear incoherencias y hacer chiquilinadas, ¡por Merlín! –Ya se estaba por ir, bastante enojado, por cierto, cuando recordó que debía llevarle una respuesta a Granger.

-¿Qué le contesto? –le preguntó seco y cortante.

-Que venga…y que…dile que le doy las gracias.

El Brujo blanco -3-


Cuando los juicios terminaron, cuando las condenas fueron efectivas, cuando la sociedad mágica sintió que se había hecho justicia comenzó la verdadera tarea de reconstrucción. Sin embargo, Harry Potter y Hermione Granger no estaban conformes con el resultado de las cosas. Ellos sentían que había que quitar de cuajo el resentimiento, porque el resentimiento lleva a la amargura y al deseo de desquite. "El resentimiento -machaca Hermione-, te hace perder las perspectivas".
Esta postura de la castaña y los actos que fue llevando a cabo en consideración a ello, la fueron alejando de su pelirrojo amor adolescente.

-No puedo creer que insistas en eso, Hermione -replicó Ron, muy enfadado.

-Insisto, Ronald, porque no me parece bien. Tenemos que lograr una reforma en los estándares de la educación mágica porque si seguimos regodeándonos en el triunfo de "nuestra" postura lo único que vamos a conseguir es que los sangre pura que nunca se alinearon con Voldemort se sientan perseguidos y rechazados...

-¿Y qué? -gritó Ron, saturado y soy sangre pura y no me siento perseguido ni rechazado. ¿Acaso te olvidas que murió mi hermano en esa maldita guerra, Hermione?

-Por supuesto que no lo olvido, ¿cómo puedes sugerirlo siquiera? Murieron muchas personas, Ronald. No hay vidas más valiosas que otras. La vida es vida. Y justamente porque no hay que permitir que la historia vuelva a repetirse, es que con Harry creemos que hay que cambiar el tono, moderar nuestros discursos y comenzar una educación mágica que se atenga a los valores por los que luchamos, porque sino seríamos como ellos pero al revés. ¡Y no es así, Weasley! Y además, por si lo olvidaste, tú y tu familia son traidores a la sangre -finalizó la muchacha.

-No te entiendo -murmuró Ron.

-Ron -dijo hastiada la chica- ellos peleaban porque creían que eran superiores, que algún tipo de razón divina emanada de quién sabe quién les daba el derecho de perseguir, matar e imponer su manera de pensar, sus códigos y demás. Pareciera que tú pretendes que nosotros hagamos lo mismo.

-Nosotros somos mejores.

-Y si lo somos no tenemos que actuar como ellos, por Merlín.

La discusión fue interrumpida por Harry que en ese momento entraba agitado a Grimmauld Place, donde los tres habían decidido vivir después de la guerra.

-¿Qué pasa Harry? -preguntó preocupada al ver el estado de ansiedad de su amigo.

-Es Snape, recuperó la conciencia.

…oOo…

Los momentos que siguieron al triunfo de Harry fueron caóticos. Había tanto que hacer y tanto cansancio y dolor para llevarlo a cabo que las cosas se sucedían desordenadamente, como organizadas por un niño de cinco años que le robó la varita a su mamá y jugaba sin ser conciente de lo que hacía. Por eso tardaron horas en ir a recuperar el cuerpo del último director de Hogwarts, Severus Snape, abandonado en la Casa de los Gritos.

Harry estaba encerrado en el despacho de la ahora Directora Minerva McGonagall, con Kingsley Shacklebolt, ministro interino, y otros miembros encumbrados del Ministerio de Magia. Hermione se encargó, entonces, de llevar hasta la casa abandonada a un ya reducido grupo de miembros de la Orden del Fénix para que se llevaran a su temido -y ahora héroe- ex profesor de pociones.

Sin embargo, el cuerpo de Snape no estaba en medio de un enorme charco de sangre, tal y como la chica recordaba. Un rastro de sangre, que terminaba abruptamente, daba cuenta de que el pocionista se había arrastrado y escondido. Lo hallaron con un homenum revelio detrás de un sillón destartalado y cubierto con unos harapos sucios que alguna vez supieron ser una cortina.

El hombre estaba vivo, no lo parecía, pero lo estaba. Lo llevaron de inmediato a la enfermería del colegio, donde Madame Pomfrey comprobó que antes de desmayarse, Severus había alcanzado a tomar una poción regeneradora y un antídoto del veneno de Nagini. "Chico astuto", murmuró Poppy.

La sanadora le dio los primeros auxilios y luego lo envió a San Mungo. Y allí permaneció en coma, seis meses.

-Es Snape, recuperó la conciencia –dijo Harry.

-¡Por Merlín, Harry! ¿Y ya habló? ¿Dijo algo? ¿Quién está con él? ¿Pidió ver a alguien? –preguntaba Hermione a la carrera y al borde del colapso.

Ron bufó y rodó los ojos. Nada le importaba menos que la recuperación del murciélago grasiento. Para él las cosas son o blanco o negro, no hay medias tintas y desde su punto de vista que sea un trágico héroe nacional no lo absolvía de los maltratos a los que sometió a los Gryffindor en general y a ellos tres en particular.

Harry lo miró de soslayo y meneó la cabeza antes de dirigirse a su amiga:

-Pidió ver a Draco –le contestó con tono sombrío.-Los sanadores consideraron que no era momento de decirle nada que pudiera perturbarlo.

-¿Y por qué lo perturbaría saber de Draco? –preguntó molesto, Ron.

-Es obvio, Ronald.

Ron desdeñó la respuesta de Hermione y miró a Harry.

-Si la primera reacción de una persona que despierta de un coma es preguntar por alguien en especial, es que ese alguien le importa, ¿no crees? –Y realmente Harry esperaba que Ron no respondiera y continuó- por lo tanto, ¿cómo supones que reaccionaría al saber lo que sucedió con Malfoy?

-Pues a mí no me importa –dijo mientras se daba vuelta y salía de la biblioteca dejando solos a Harry y Hermione.

Los amigos se miraron y Harry abrazó a la castaña que estaba conteniendo las lágrimas.

-Shhh, estoy aquí, cuentas conmigo. No te voy a abandonar. ¿Qué piensas hacer con tu relación con Ron? –inquirió observando los ojos de su amiga que brillaban por las lágrimas.

Hermione no contestó enseguida. Harry la condujo al cómodo sofá que estaba frente a la chimenea que crepitaba suavemente, afuera hacía mucho frío y el viento parecía colarse por los intersticios de las ventanas de esa enorme y oscura mansión. Una vez allí, se sentaron y Harry le pasó un brazo por los hombros y la chica acomodó su cabeza allí, en ese hueco tibio que su amigo le ofrecía, sin dejar de mirar el fuego. Al cabo de un rato en silencio, Hermione habló:

-No sé cuándo perdí a Ron, Harry. Pero me pregunto si lo tuve en algún momento. ¿Sabes? Se sentía tan natural amarlo, pensar que era mi complemento de tan distintos que somos. Pero él no puede parar de pelear, de cuestionar todo lo que pienso, lo que quiero hacer. Luego viene con su sonrisa bonachona y ese corazón de oro que tiene y me derrite una vez más hasta el próximo encontronazo…y estoy cansada Harry. Ya no quiero pelear, con nadie más. Nunca.

-Nunca es demasiado tiempo, Hermione.

-Lo sé, pero tú entiendes lo que te digo.

Harry asintió con la cabeza y un apretón en el hombro de la castaña. Ambos se pusieron de pie al mismo tiempo y bajaron. Había cosas que decidir y más para hacer.

...oOo...

Ron Weasley se sentía mal. No sólo porque Fred había muerto y George parecía una sombra o porque veía a su madre sufrir y a su padre tan silencioso que daba miedo. No. Ron, además del dolor por la muerte de su hermano, y la rabia que le daba que no se hubiera muerto ese maldito de Lucius Malfoy, por ejemplo, en vez de un ser maravilloso como Fred, sentía otra cosa con una fuerza que lo avasallaba y no lo dejaba respirar.

Ron Weasley se sentía menos que nada. Sin rumbo y sin propósito. Idéntico a sí mismo desde que entrara a Hogwarts hasta ahora. Celoso, impulsivo, deseoso de algo que no sabía bien cómo definir, algo faltaba en su vida y no podía ponerle nombre.

Envidiaba la relación de Harry y Ginny y también la que su mejor amigo mantenía con Hermione. Si no supiera que estaba colado por su hermana, juraría que estaba enamorado de Hermione hasta el fondo. Él no tenía eso con ella, esa comunión, esa confidencia. Había una intimidad entre ellos dos que él sabía que nunca iba a compartir con su…con Hermione.

-¡Y con un demonio! –gritó Ron enfurecido, rompiendo todo lo que había alrededor a fuerza de golpes y hechizos.

Tal vez, si hubiera podido atisbar el futuro podría haberse confortado. Ron era, simplemente, un hombre bueno que no confiaba en sí mismo. Pero en cuanto encontrara la fortaleza en su interior, cuando pasara esa marea emocional en la que se hundía sin saber cómo salir, se convertiría en el hombre que Hermione vislumbró alguna vez: un hombre sereno, confiable, un pilar fuerte y cálido, en el cual apoyarse.

El problema consistía en que, en ese momento, Ron no podía ser el hombre que Hermione soñaba ni ella la mujer que Ron necesitaba.

Sus amigos lo encontraron tan fuera de sí que Harry se vio obligado a lanzarle un hechizo aturdidor y la castaña convocó unos almohadones para que no se lastimara al caer al piso.

Se miraron estremecidos. No querían dejarlo solo pero tampoco sabían cómo ayudarlo. Quizá, lo que el pelirrojo necesitaba era alejarse un tiempo, pensó Harry. Pero ¿dónde? Y, fundamentalmente, ¿con quién? La respuesta llegó de una mano inesperada. De una pluma, en realidad, que lo anunció. Fawkes, el fénix de Dumbledore, a la muerte de éste rondó cerca del castillo. Pero luego de la guerra siguió a los dragones de Charlie Weasley y estableció su morada en el pico más alto de los Cárpatos, el pico de Franz Joseph. No obstante la lejanía, la mítica criatura tenía el don de aparecer cuando Harry la necesitaba, aún cuando el propio niño que vivió no se percatara.

Y allí estaba, depositando a un confundido criador de dragones en el medio de una sala semidestruida, con su hermano inconciente sobre unos cojines y ante los rostros perplejos de sus amigos.

Ron descansaba en un sillón que Hermione hizo aparecer en la cocina. Los muchachos charlaban en murmullos y cada tanto se oía el tintinear de los vasos a medio beber de cerveza de manteca y el entrechocar de los cubiertos mientras cenaban.

No le ocultaron nada a Charlie. Le contaron sus propósitos, cómo la férrea postura de Ron en contra de esos planes los estaba distanciando, porque la incomprensión los llevaba a discutir cada vez más y algo que no podían definir, como si Ronald estuviera en batalla consigo mismo.

-Sin duda es así, Hermione –afirmó Charlie.

-¿Por qué… -pero la pregunta murió en la voz de Harry antes de que pudiera formularla porque su amigo acaba de despertarse tan enojado o más que cuando lo aturdieron.

Los improperios lanzados al aire por el pelirrojo menor terminaron en un ataque de llanto. Avergonzado, salió corriendo y Charlie se apresuró a seguirlo, lo alcanzó y se desapareció con él rumbo a, después lo confirmaron, La Madriguera.

El Brujo blanco -2-

Londres, un día de diciembre de 1998

Los mortífagos no se esperaban el desenlace que tuvo la segunda guerra. Y salvo algunos, como sus padres y él mismo, hartos de seguir a Voldemort, todos los demás fueron condenados al beso del Dementor. El Ministro Kingsley Shacklebolt tuvo que ceder ante el dictamen unánime del Wizengamot: todos aquellos mortífagos a los que se les probara fehacientemente su participación en la guerra y que hubieran usado cualquiera de las tres maldiciones imperdonables, serían ejecutados de esa terrible forma. El resto, iría a prisión perpetua, en una cárcel construida especialmente para ellos, llamada Tintagel, una fortaleza inexpugnable, sin dementores. Allí, no eran necesarios.





El recuerdo del día del triunfo del Niño que vivió y con él el triunfo de las ideas de integración, respeto y convivencia, lo atormentó durante los meses siguientes. En ese tiempo se estaban organizando los juicios, recabando las pruebas, se hacían requisas en todas las posesiones de los mortífagos reconocidos. De su casa se habían llevado incontables objetos tenebrosos porque a Lucius no le había quedado otro remedio que entregarlos. Ya no estaba en posición de amenazar con su alcurnia, su apellido y sus ancestros; y mucho menos, de utilizar su fortuna haciendo "donaciones". Esa etapa del mundo mágico había quedado atrás. Los privilegios de sangre valían menos que una escupida y si sabías lo que te convenía, te tenías que meter los prejuicios donde te cupieran.

Eso, Draco lo aprendió bien pronto.

Eso y algo más.

El día del juicio a los Malfoy, la Sala del Wizengamot estaba llena, no había lugar para un alfiler y el aire que se respiraba era espeso y estaba cargado de expectativas, de deseos de revancha y de humillación. Los tres Malfoy se habían reunido allí luego de dos meses sin verse. Los habían encerrado en Tintagel a la espera de su juicio, después de que entregaran todas las piezas de magia oscura y de que cedieran una gran parte de su fortuna al Fondo de Reconstrucción de Ambos Mundos.

En ese tiempo, el menor de esa antigua estirpe había tenido tiempo para pensar. Amaba a sus padres. Ese era un hecho innegable. Pero ese amor se había teñido de un sutil desprecio, de un incómodo rencor. En cierta forma, Draco los culpaba de la situación en la que se hallaban. Pero sobre todo, los culpaba por haberlo criado creyendo que por el mero hecho de ser un mago de sangre pura era superior a los demás. Que por ser un Malfoy podía pisotear a quien sea. Y lo peor era que Draco no podía perdonarse a sí mismo, porque echarles la culpa a sus padres no lo eximía de su propia responsabilidad. Y se odió porque se sintió una marioneta, porque dejó que decidieran por él; se odió por cobarde y por necio. Por haberse dado cuenta tarde de que estaba siendo víctima de su propia estupidez y de prejuicios inculcados. Así que cuando miró a sus padres a los ojos, llameó en su mirada el mismo desdén que antes dirigía a los impuros y cuando buscó al Trío Dorado esperando encontrar un gesto de triunfo y suficiencia, sólo encontró unos rostros mortalmente serios que lo observaban con cuidado, como midiéndolo. Sin embargo, en los ojos de ella encontró algo más, algo parecido a la compasión, dolor y una profunda calidez. La odió a ella también por ser capaz de no juzgarlo, por darle, pese a todo, lo que él sentía que no merecía: comprensión.

Los Malfoy no podían creer cuál había sido el resultado de su juicio. No sólo no habían sido condenados a muerte sino que tampoco deberían pasar lo que restaba de sus vidas pudriéndose en Tintagel. Pero cuando lo supieron... hubieran preferido la muerte.

Harry Potter narró el contenido de sus visiones que daban cuenta de que la adhesión a Voldemort se sustentaba cada vez más en el miedo. Cómo el Lord obligaba a Draco a hacer cosas que le repugnaban. Que fue testigo de la imposibilidad del muchacho de cumplir con la misión de matar a Dumbledore.

Por último, relató el papel de Narcissa el día de la batalla final y cómo sin su ayuda hubiera sido más difícil derrotar a Riddle.

Por su parte, Hermione Granger, testificó a favor de Draco diciendo que trató de resguardarlos al ser ambiguo cuando lo obligaron a certificar la identidad de ellos tres.

Ron Weasley, contó lo que había ocurrido en la Sala de los Menesteres, sembrando un manto de dudas en cuanto a las verdaderas intenciones del joven Malfoy al tratar de impedir que Crabbe y Goyle mataran a Harry. ¿Lo hacía porque Voldemort lo recompensaría si entregaba a Potter? ¿O realmente quería salvarlo? Lo qué sí quedó claro fue que protegió a sus amigos de los hechizos aturdidores con los que intentaban defenderse de las imperdonables los miembros del Trío Dorado. Y, por supuesto, dejó asentado que esa noche ellos le habían salvado la vida dos veces al heredero de los Malfoy.

Luego de la exposición de los chicos, el Wizengamot se dispuso a deliberar. Una gran parte del Supremo Tribunal prefería enviarlos a Tintagel, pero el ala más moderada quería enviar un mensaje de tolerancia a los componentes de la sociedad mágica de sangre pura que no habían participado en ninguna de las dos guerras. Por eso, querían suavizar la estancia en prisión. Al no poder acordar, el veredicto fue atroz:

"Este Tribunal encuentra a los acusados culpables de asociación al grupo denominado "mortífagos" y de obedecer las órdenes de quien los liderara, el mestizo Tom Riddle, conocido como Lord Voldemort.
La mención a su origen mestizo es para que sepan, los que fueron sus fieles seguidores, que su afán de dominio y superioridad basados en la supremacía de la sangre estaba conducido por un mago de sangre mezclada cuyo único afán era el poder, la sumisión y la inmortalidad. Y que para lograr sus objetivos no dudó en mentir, usar, humillar, castigar y esclavizar a aquellos a los que llamaba seguidores que, en el orden establecido por Riddle, eran poco más que elfos domésticos.
Es deseo de este Tribunal que la familia Malfoy sea condenada a prisión perpetua en Tintagel. El testimonio de Ronald Weasley, echa luz sobre la manera en que estas personas se acomodan de acuerdo a las circunstancias y apoya el que queramos tomar esta decisión. Pero, los alegatos de Harry Potter y Hermione Granger nos dan un margen para reconsiderar el castigo a las deleznables acciones de esta familia.
Queremos construir un mundo mágico donde estos valores no puedan perdurar ni transmitirse de generación en generación. No hay una clase de magos superior a otra y menos aún por su origen. La generación de magia es espontánea aunque goza de la posibilidad de transmitirse y acrecentarse. Más allá de eso, la magia se da o no se da. No se quita ni se roba. Se la posee o no. Así como de padres muggles nacen hijos magos o hechiceras, así de los magos nacen squibs.

Así, la sentencia del Tribunal se descompone de la siguiente manera:

Lucius Malfoy y Narcissa Black Malfoy, son condenados de por vida a vivir sin hacer uso de la magia. Deberán abandonar Malfoy Manor y vivir en un pueblo mixto en el que brindarán un servicio a la comunidad muggle. Se les asignará un instructor de usos y costumbres e historia muggle y serán supervisados cada quince días. Sus varitas mágicas serán rotas en este instante. Cualquier contravención a este dictamen será penado con reclusión perpetua en Tintagel.

Draco Malfoy es condenado a suspender el uso de la magia por cinco años. Deberá instruirse en los usos y costumbres muggles, así como en su historia. Podrá estudiar en una universidad muggle la carrera que sea de su agrado y tendrá la obligación de dictar clases de convivencia a los niños de origen mágico dos años antes de su ingreso a Hogwarts o a cualquier otra Institución de enseñanza mágica de Europa. Pasados esos cinco años, en los que también será supervisado, podrá abandonar el Reino Unido –si esa es su voluntad- para instalarse en el país de su preferencia en el que será evaluado anualmente por un miembro de este Tribunal. A partir de este momento, su varita queda bajo caución en este Ministerio".

Un silencio mortal siguió a estas palabras. Cientos de ojos se incrustaron en las caras angustiadas de los Malfoy. Narcissa comenzó a sollozar. Lucius parecía incapaz de uno de sus típicos arrebatos de ira y menosprecio. Pero cuando vio a su mujer caer de rodillas implorando con la mirada a Potter, se agachó como pudo para ayudarla a levantarse, al cabo estaban esposados con ligaduras mágicas y luego, recuperando su porte altanero y soberbio, miró alrededor con infinita altivez.

Draco Malfoy no pudo impedir que una lágrima rodara silenciosa por su pálida mejilla. Se la limpió con toda la elegancia que le permitían sus manos amarradas y finalmente, clavó su vista en la única persona que le interesaba en todo ese lugar, Hermione Granger.

lunes, 12 de abril de 2010

El brujo blanco -1-


New Orleans, 16 de Febrero de 2010



Hacía 7 años que había desaparecido del mundo mágico. Y doce años sin hacer magia, sintiendo como toda su esencia corría alborotada por sus venas con la fuerza impetuosa de un río de lava. Su varita estaba guardada en un estuche cubierto de polvo, arrumbado en el desván de su –todavía- deslucida mansión ribereña. Cuando llegó a New Orleans venía con el alma vacía y los sueños rotos. Y aunque ahora podía, había decidido seguir así, casi acostumbrado a no usar la magia.

Se acercó a una de las ventanas de su amplio dormitorio. El ocaso bañaba con su luz vibrante de naranjas y violetas el extenso parque que se perdía en la ribera del Mississippi dándole una coloración especial, extrañamente bella y cálida. Amaba ese lugar porque, como él, estaba lleno de matices. Nunca más blanco y negro. Pero nadie para compartirlo…

Por primera vez en tantos años se sentía solo. La copa de coñac tembló ligeramente en su mano cuando notó una mancha oscura que crecía en el cielo crepuscular acercándose hacia él hasta posarse en el antepecho de la ventana. La abrió, intrigado y alarmado a la vez. Era una lechuza parda. No sabía quién podría enviársela. No era el método habitual de contacto con la gente del Ministerio, ellos no eran. Le quitó el pergamino con cuidado y le dijo que fuera a cazar algún ratón y le prometió que para cuando volviera tendría agua para ella y un lugar donde podría descansar. La lechuza ululó levemente y se internó en el pequeño pero frondoso bosquecillo cercano a la mansión.

No sabía si abrirlo y leerlo ya o dejarlo para después; como sea, el titubeo lo condujo directo a sus recuerdos.

En cuanto pudo hacer uso de su herencia le comunicó al Ministro que se iría de Inglaterra y que se instalaría en alguna ciudad de Estados Unidos.

Se decidió por New Orleans porque la magia se respiraba en el aire, una distinta a aquella con la que había nacido pero que le permitiría usar sus dotes de experto pocionista y bioquímico…al servicio de muggles principalmente porque había tenido cuidado en averiguar que no había asentada una comunidad mágica en los alrededores, el vudú alejaba a los magos.

Primero pensó en instalarse en el colorido Barrio Francés, al fin y al cabo esa era prácticamente su segunda lengua pero luego lo desechó porque no quería atraer demasiado la atención sobre él. Manejar el misterio era algo que seguía haciendo bien y lo quería mantener así. Finalmente, terminó decidiéndose por una vieja plantación: Oak Alley; los robles plantados a cada lado del sendero que desembocaba en la mansión formaban un arco oscuro y majestuoso y tal vez un poco siniestro, sobre todo porque los anteriores dueños del lugar no manejaron bien el negocio del turismo y poco a poco la que fuera una imponente plantación, fue viniéndose abajo. Pero él lograría que recobrara algo de su antiguo esplendor, se prometió a sí mismo, tal vez hasta podría convertirse en su hogar.

Una vez que tuvo todo arreglado, lo que quedó de su fortuna transferido a una sucursal de Gringotts en Baton Rouge, el pasaje comprado y sus pertenencias empacadas, se comunicó con Kingsley para dejarle los datos de su nueva dirección. El Ministerio debía saber dónde ubicarlo. Con todo, se permitió pedirle a Shacklebolt un favor; suponía que se lo concedería y así fue. Sólo él, en arreglo a su cargo y algún miembro del Wizengamot sabrían dónde encontrarlo. Nadie más. Nunca.

Pero nunca es demasiado tiempo, le diría alguna vez Harry Potter a su amiga Hermione Granger. Y esa lechuza era la prueba.

Lo último que le quedaba por hacer era despedirse de sus padres. O lo que sobrevivía de ellos.

Su padre, definitivamente, había enloquecido. Y su madre había perdido todo rastro de prestancia. Gris y opaca, la Narcisa que había conocido ya no existía.

Quiso sentir odio por el terrible castigo que les impusieron pero le bastó recordar las amenazas, las risas siniestras y enloquecidas, las muertes, los crucios. Y como cada vez que la desolación de aquellos tiempos lo cercaba, surgía la imagen de ella; ella gritando y retorciéndose de dolor y aún así mintiendo para proteger a sus amigos y la misión que tenían que cumplir.

Entonces el odio y la admiración, se mezclaban en su interior, sólo que ya no le provocaban esa cólera que impulsaba a insultarla y menospreciarla. Ya no, por eso se fue a buscar un rincón en el mundo que le perteneciera, un lugar donde olvidar que el odio era el nombre que le puso a sentimientos inconfesables.

Sacudió la cabeza tratando de aventar esos pensamientos. No sabía a qué había venido ese acceso de tonta melancolía. De lo que estaba seguro es que su vida, acababa de dar otro giro inesperado. Y se dio cuenta de que se debía a sí mismo la oportunidad de vivir una vida normal. O todo lo normal que un mago sin varita puede vivir. Y por su propia elección.

La voz dulce y armoniosa de Mama Dulcie, su ama de llaves cajún, lo trajo al presente.

-Dime Mama Dulcie –le contestó con una entonación casi infantil. Draco era un niño en lo que a esa matrona fuerte y maternal, se refería-. ¿Qué pasa?

-Que Axis está como loco y tú todavía en veremos –le señaló con los brazos en jarra.- ¡Ah! otra cosa, casi se olvida esta vieja…vino el señorito de la casa grande, río abajo, que precisa que vayas.

-¿Es urgente?

-No creo. Seguramente querrá ese brebaje extraño que le diste para la fiebre y la congestión.

-¿Algo más?

-¡Pero qué olvidadiza que estoy! –añadió con tono casual y perforándolo con la mirada- esa voyou de St. Baptiste, dice que necesita que encuentres algo. Mmh… ¿qué hago con Axis? –agregó.

-No te preocupes, llegó una lechuza y está nervioso porque siente que le invaden su territorio. Ya hablaré con él.

Y como si lo hubieran invocado un espléndido halcón peregrino se coló por la ventana entreabierta y se posó suavemente en el puño de Draco sin lastimarlo con sus fuertes garras.

Ella miró a su hombre-niño, hermoso y solitario, con cariño y consternación. Mama Dulcie sabía todo acerca de Draco. La bruja del bayou le dijo hace años que un brujo blanco iba a llegar a la antigua plantación y que ella debía ir a ofrecerle sus servicios y ayudarlo porque estaba solo y desconsolado. Así fue como la negra Dulcie lo esperó en Oak Alley y sorprendida por su juventud, se convirtió en una especie de belle-mère para el muchacho más necesitado de devoción y ternura que había conocido jamás. De a poco fue desentrañando cada secreto, mitad dichos, mitad descubiertos cuando guardaba su sueño inquieto. Y se preguntaba si esa Hermione que mencionaba las noches de sueños agitados sería su bele.

Draco, ajeno al sagaz examen de Mama Dulcie, hablaba con su halcón mientras le acariciaba las plumas. La mujer, enternecida, dijo unas palabras en su cerrado dialecto y el halcón voló afuera de inmediato.

-Me prometiste que hoy irías al Mardi Gras –lo conminó con seriedad y golpeteando el piso de lustrosa madera con el pie-. Y espero que no te encuentres con esa ni ninguna voyou.

Draco le llevaba 20 centímetros a su ama de llaves devenida en guardiana, así que tuvo que agacharse para abrazarla. Depositándole un beso en la coronilla, le aseguró que un rato estaría listo.

-Y no es una golfa, Mama Dulcie, seguramente perdió unos papeles importantes y quiere que se los encuentre con mis "poderes especiales" –soltó risueño mientras empezaba a buscar ropa apropiada para una noche de carnaval en el pintoresco Barrio Francés.

-Sí, sí, a otra vieja con ese cuento –murmuró la mujer sabiendo que Draco la escucharía-. Ninguna de aquí es tu bele, mi niño –aseguró muy bajito esta vez.

Al salir de su habitación, dejó olvidado en el escritorio el pergamino sin leer. Sin embargo, antes de irse de la casa tuvo el impulso de ir al desván y comprobar si su varita estaba donde la dejó ni bien se instaló en su destartalado caserón.

Subió lentamente, abrió la puerta y polvo de años acudió a su nariz y lo hizo estornudar. Prendió una luz mortecina, efecto de la suciedad y las telarañas, y enseguida la encontró, su varita de espino y nervio de dragón. Potter se la había devuelto antes del juicio; la mantuvo con él hasta que debió entregarla al Ministerio; y la recuperó una vez finalizada su sentencia. Tomó con reverencia la caja, le sacudió el polvo y la abrió. Adentro descansaba su vara. La sacó con cuidado y la empuñó con suavidad. Draco sintió una energía colosal que lo hizo trastabillar y como si tuviera vida propia, la varita se encendió con una luz cegadora. La soltó de inmediato y su varita rodó por el suelo. No había tenido intención de hacer magia y si hubiera sabido que tenía un hechizo de reconocimiento y rastreo y que nunca se lo habían quitado, jamás hubiera tocado su "palito de hacer magia", como le decía cuando era niño a la vara de su padre.

El Londres sonó una alarma. Alguien descubrió el potente rastro de magia. Por fin, lo había encontrado.

viernes, 5 de marzo de 2010

Por Merlín ¿Por qué a mí? -2-

En cuanto Draco recuperó los movimientos y la voz fue hacia Hermione. Pero, a mitad de camino, sus ojos hablaron por ellos y con un ligero gesto de asentimiento, Draco enrumbó hacia Ron.

-Quiero saber qué te pasa, Ron. ¿Cuál es tu problema?

Ron no se esperaba esto y por un momento no supo qué decir. Cuando por fin habló, los sorprendió a todos, incluso a su novia una chica que estaba en tercero cuando ellos cursaban el séptimo año luego de vencer a Voldemort:

-Mi corazón está dividido, Draco. Una parte es y será siempre de Hermione. Ella es mi primer amor, representa lo más puro de mí, ella es el primer beso imaginado, la primera caricia que quise dar y sentir. La primera lágrima, la primera alegría. Pero también es mi cobardía. Mi inseguridad. Porque nunca me sentí a su altura, porque ella se merece más. Alguien más valiente, más leal, más inteligente. Y que lo sepas, ni tú ni yo estamos a su altura aunque ella te ame. Tú porque la menospreciaste, la humillaste y la heriste de todas las formas posibles y que hayas evolucionado no cambia el pasado.

El rostro de Draco era una máscara imperturbable, pero sus ojos acusaban recibo de cada palabra. La mirada gris se perdió en ese tiempo remoto y revivió cada escena con dolor y culpa.

El silencio que reinaba en el jardín de La Madriguera era imponente. Ron reanudó su discurso.

-Sí, es cierto, el día que nos atraparon tú no fuiste capaz de delatarnos por completo, pero la duda que sembraste no germinó. Pudiste hacer más por nosotros y tu cobardía lo impidió. Y no me vengas con que el miedo, la familia y demás idioteces. Todos nosotros teníamos miedo, todas nuestras familias estaban amenazadas y sin embargo luchamos para deshacernos de ese bastardo y de los malditos mortífagos que lo seguían. Mi hermano murió en esa condenada guerra. Lupin, Tonks, Creevey, gente buena e inocente murió por culpa de ustedes. Para mí no alcanza que tu madre haya ocultado que Harry estaba vivo. No lo hizo por Harry, ni por un arrebato de buena conciencia recién adquirida. No, lo hizo por razones egoístas, válidas, amorosas, pero egoístas. Tu padre es un maldito desgraciado, un asesino, te guste reconocerlo o no. Eso no cambia los hechos. Tú no mataste a Dumbledore, fallaste, una vez más por pusilánime. Pero en el camino a ese asesinato fallido, casi matas a Katy y a mí. Y discúlpame, pero si hubieras querido, hubieras tenido oportunidades, y efectivamente, las tuviste. Snape quiso ayudarte y no lo dejaste. Y conocías lo suficiente a Harry como para saber que pasado el odio inicial, él te hubiera ayudado. Con esto quiero decirte que todos podemos elegir lo correcto aún en las peores circunstancias. Y no te creas que yo me quede atrás en cuanto a cobardía. Porque aquí como me ves, yo los abandoné, abandoné a mis amigos, a la mujer que, de alguna manera extraña e infantil, todavía amo. Que haya vuelto no esconde el hecho de que no dudé en irme y dejarlos a merced de la desgracia, todo porque soy un caprichoso, impulsivo y cómodo niño de mamá. Porque me dejo llevar por la ira en vez de pensar con la cabeza. Y ellos casi mueren, ¿sabes? En la navidad de 1997 Harry y Hermione casi mueren mientras yo estaba escondido en la casa de Bill y tú andabas lloriqueando por las órdenes que te daba ese indeseable.

Hermione le salvó la vida a Harry. Una vez más. Ella dedicó su vida a salvarnos el culo, desde que nos conoce. Y te puedo asegurar que estaba aterrada. Así que, hazme el favor, guárdate donde te quepan tus excusas por más razonables que sean.

Hermione lloraba, sus hombros se sacudían por los sollozos. Harry se acercó a ella y le pasó el brazo por los hombros y le daba suaves besos en la sien. Draco los contemplaba sin animarse a ir hacia ellos.

Rayna Keller, la ex Ravenclaw novia de Ron, se acercó a él con una sonrisa de orgullo en el rostro porque de pronto vio a dónde quería llegar Ron y lo animó a continuar.

-Ella es así –susurró. Luego alzó la voz y la miró, primero a ella y luego a él, hundió su profunda y límpida mirada azul en la de Draco, que apenas si se la podía sostener-. La única capaz de aguantar una tortura a manos de tu tía y callarse la boca. Y ante tus ojos. Porque tú fuiste testigo de lo que esa desquiciada le hizo.

Así es ella. Brava, lúcida, íntegra. La mejor del Trío Dorado, su cabeza, su corazón y el alma. ¿Cómo no iba a ser capaz de pasar por encima de todo y darte una oportunidad? Por supuesto que sí. No sería Hermione si no lo hubiera hecho y debes haber cambiado lo suficiente para que ella no te rechazara. Y yo debo comprenderlo, aceptarlo y confiar en que la cuidarás y la protegerás y la amarás como ella se merece.

-Y ahora voy a hacer un anuncio –declaró con una enorme sonrisa al tiempo que le daba la mano a su novia- Rayna y yo nos casaremos en la primavera. Porque ella es la dueña de la otra parte de mi corazón, la que late por un amor que existe y crece en el caos del día a día. Porque en ella encontré mi complemento. Porque aunque somos distintos, miramos en la misma dirección. Y dicho esto, la giró hacia sí, agachó la cabeza –puesto que era mucho más alto que Rayna- y tomó lentamente su boca en un beso lleno de amor y pasión.

Las duras palabras de Ron fueron superadas por la alegría que provocó la noticia y pronto se dispusieron a festejar la buena nueva. Molly hizo aparecer guirnaldas de flores que resplandecían en la luz del ocaso y las chicas se dividieron en grupos, algunas comenzaron a ayudar a Molly en la cocina y las otras, con la ayuda de los varones armaron una larga mesa en el jardín bajo un precioso y cálido gazebo que hicieron aparecer para resguardarse del incipiente frío invernal. Cuando todo estuvo listo, cenaron y brindaron en copas rebosantes de hidromiel.

Al rato, dos figuras se alejaron hacia el prado que circundaba a la precaria construcción, bajo la atenta mirada de cuatro pares de ojos. George, Luna, Ginny y Harry no olvidaban que el motivo de esa reunión era arreglar el asunto que desató la insidia su ex compañera del colegio de magia y hechicería.

…oOo…




El cielo estaba oscuro y estrellado. No había luna esa noche y la brisa fría la hizo estremecerse. Draco la envolvió con sus brazos y así se quedaron, quietos y abrazados bajo la refulgente y lejana luz de las estrellas.

Se habían alejado luego de la cena. Evidentemente, la cuestión que los había reunido debería esperar hasta mañana.

Hermione se desprendió de los brazos de Draco y convocó unas mantas. Las dispuso en el suelo y se acostó. Dio unas palmaditas llamando de esa manera a su novio. Draco se tendió junto a ella en silencio. Con la otra manta, Hermione los tapó a ambos y cruzó sus brazos debajo de su cabeza y fijó su vista en el cielo. No era un silencio incómodo pero estaba lleno de emociones dispares.

-Draco –exclamó sin mirarlo- ¿no piensas hablar nunca más? ¿Hiciste algún extraño pacto de silencio sin consultarme?

Draco encendió un cigarrillo y antes de contestar observó cómo se esfumaba la voluta de humo en el aire nocturno.

-Weasley tiene razón. No te merezco. Será mejor que olvidemos todo esto. Yo sólo puedo traer dolor a tu vida. Sin ir más lejos, tienes que hacerte cargo de mi padre porque mi madre está desaparecida y yo no califico para tamaña responsabilidad. No confían lo suficiente en mí. No importa lo que haga ni cuanto lo intente…

-Shhh, no digas tonterías Draco.

-No son tonterías, Hermione. Es la más pura verdad. Yo era un maldito cobarde, y no tengo excusas, por más que quiera encontrarlas. Era una maldito desgraciado –dijo arrepentido y angustiado- Ron no se equivocó en nada.

-Draco, escúchame bien, nadie es perfecto. Y no todos reaccionamos igual frente a las mismas circunstancias. Pero no eres ni fuiste un asesino, fuiste un chico equivocado que creció creyendo en unos valores que adoptaste como propios, pero si no los hubieras cuestionado no te hubieras convertido en el hombre que eres ahora.

-Pero casi mueres por mi culpa –insistió.

-Draco, me torturó tu tía, no tú. Y no podrías haber hecho nada aunque hubieras tenido el valor.

-Potter lo hizo. Y yo escuchaba a Weasley aullar como un desgraciado cada vez que te escuchaba gritar a ti de dolor. Todos los que estaban en esa mazmorra fueron valientes.

-Tu nunca conociste esa clase de apoyo, ni la confianza que se crea entre las personas que, en determinados momentos, dependen unas de otras. Y Harry también se equivoca, Draco. Esa incursión en el Ministerio, en quinto ¿recuerdas?, la que acabó con tu padre en Azkabán, fue un error. Todos pudimos haber muerto allí, no sólo Sirius. Pero no pude convencer a Harry y no nos quedó otro remedio que acompañarlo y luchar con él. Y recordarás que todos estuvimos en la enfermería del colegio durante semanas –la voz de Hermione sonó juguetona como si estuviera recordando una travesura y no algo de la importancia de lo sucedido.

Draco no apartó la mirada de su rostro. Hermione habló con los ojos clavados en el cielo y una pequeña sonrisa bailando en la comisura de sus labios. ¡Por Merlín, amaba a esa mujer! Tanto que el sólo pensar en perderla le abría un agujero en el pecho por el que sentía que se le escapaba el alma.

-Pero, casi mueren en esa navidad, tú y Harry –le recordó.

-Sí, casi morimos, y tú no tuviste nada que ver. Fue Voldemort –puntualizó ya con un poco de fastidio y se puso de pie-. Mira, si quieres regodearte en el pasado miserable del que fuiste protagonista y acordarte de todas las veces que me humillaste y me lastimaste a mí y a mis amigos, allá tú. Eso es algo que yo quiero dejar en el pasado. ¿Quieres que te diga lo que pienso? -Draco asintió brevemente-. Pues bien, te lo diré. Sí, eras un condenado cobarde, una persona ruin y detestable. Un abusivo de la peor calaña. ¿Estás contento ahora? ¿Eso es lo que querías escuchar de mi boca? Ahí lo tienes, te lo dije. ¿Y sabes dónde está la diferencia, Malfoy? En la conjugación: eras, Malfoy, fuiste, ya no lo eres. Cambiaste. Y si pudiste cambiar tanto es porque en el fondo eras mucho mejor que eso que demostraste en tus años escolares –y con estas últimas palabras se fue dejándolo solo con sus pensamientos.

Fue directo hacia Ron y lo abrazó. No le importó que Rayna estuviera observando, Ron era suyo tanto como Harry, y ella también les pertenecía y quien no entendiera el extraño lazo que los unía no merecía estar al lado de ellos. Como para demostrar que esto era cierto, Harry se acercó a los dos y los tres permanecieron abrazados.

-Nunca vamos a poder separarlos, ¿sabes? Están unidos de una manera especial. Se aman de muchas maneras, se necesitan y no pueden estar muy lejos unos de otros. Pero son leales y nos eligieron, no tengas miedo –le aclaró Ginny a Rayna y miró de soslayo a Draco que había seguido a la castaña y también escuchó lo que la pecosa decía.

-Gracias –contestó la novia de Ron- necesitaba escucharlo.

Decidieron quedarse a dormir allí, así que La Madriguera crujía amenazadoramente con cada escalón que se pisaba y cada puerta que se abría. Pronto, todos estuvieron más o menos acomodados pero no todos dormidos.

Ginny y Harry estaban en la cama. Harry mirando el techo y Ginny de costado con la cabeza apoyada en la mano lo contemplaba risueña.

-Diez mil galeones por tus pensamientos –le susurró.

Harry la miró un poco aturdido y le sonrió. Levantó una mano y le acarició la mejilla.

-Eres lo mejor que me pasó en la vida –declaró y se tumbó sobre ella. La comenzó a desvestir despacio, haciendo resbalar sus manos sobre la piel caliente con una lentitud exasperante. Al rato, la pelirroja estaba jadeando bajo las caricias expertas de su esposo que eligió ese momento para deslizar una pierna entre sus cálidos muslos y hundir su empinada anatomía en el hueco delicioso y húmedo que su mujer le ofrecía.

…oOo…

El domingo amaneció con un atisbo de nevada y los perezosos que recién se levantaban se arrebujaban en sus batas con la cara adormilada. Hermione exhibía su melena salvaje, la mano derecha envolviendo la taza y la izquierda sosteniendo a duras penas su cabeza. Tenía un pantalón de franela con ositos, medias de distinto color, obsequio de Dobby, y un sweater by Molly que le iba grande y que dejaba al descubierto un hombro. Para Draco era una visión exquisita. Se detuvo en la escalera y se perdió en la contemplación de la imagen de su ratona.

Molly le dio un codazo a Arthur y ambos salieron de la cocina. El resto estaba demasiado ensimismado como para darse cuenta de nada. Ron tenía la cabeza hundida entre los brazos y Ginny le preparaba el desayuno a los niños que estaban en el regazo de un aún aletargado Harry. Rayna no se había levantado. Luna y George, quien hubiera creído que esos dos iban a casarse, ¿eh?, estaban despatarrados en un desvencijado sofá de tres cuerpos haciéndose cosquillas.

Por fin, Draco se decidió a avanzar hacia Hermione y depositó un beso en el hombro expuesto de la muchacha que dio un respingo. Alzó la cabeza y con un esbozo de sonrisa le dio la bienvenida al nuevo día. El Slytherin se acomodó a su lado y con un ¡Accio café!, se sirvió una espumante taza del líquido bien caliente.

Ella reparó en cada pequeña arruga y en cada gesto. El dolor, la incertidumbre, el tener que abrirse paso con la desconfianza del mundo entero sobre sus hombros habían hecho mella en Draco. Ella lo admiraba por eso. Y lo amaba. Cuánto lo amaba.

Ajeno a la observación de que era objeto, Draco dio el primer sorbo a su café. Luego apoyó la taza en el plato y se dispuso a hacerse unas tostadas con queso crema y mermelada de naranjas amargas. Era elegante hasta para eso. Le ofreció una que ella aceptó gustosa. Cuando lo miró sonriente, ya casi del todo despierta, él dijo con una intensidad que la conmovió:

-Te amo, Hermione, te necesito, y sé que no te merezco, que soy el último hombre en la tierra que puede aspirar a mirarte siquiera, pero te amo con cada fibra de mi ser, por favor, no me abandones –suplicó.

Ya fuera por las palabras, por el tono o por las profundas emociones que centelleaban en esos ojos como plata fundida, la cuestión es que Hermione no pudo contener las lágrimas que rodaban por sus mejillas. Los sentimientos estaban a flor de piel en los dos y él no sabía cómo reaccionar porque tenía terror a equivocarse. Se aferró a ella con tanta fuerza que Hermione gimió adolorida. Draco la soltó de inmediato balbuceando atropelladas disculpas.

-Shhhh…cálmate. Nunca te voy a abandonar. Está todo bien. No soy de cristal, no vas a romperme. Soy Granger, ¿recuerdas? Ya… déjalo ir, Draco. No te amargues. Estoy aquí, elegí estar contigo, me enamoré de ti por lo que eres y esto que eres se lo debes a lo que fuiste. ¿Sabes lo que decía Sartre? –preguntó y al obtener una negativa de parte de Draco continuó-, escucha y aprende, por algo soy una rata de biblioteca, somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros, y tú hiciste maravillas. En serio Draco, deja de torturarte. Lo que te dijo Ron ayer…simplemente dejó salir el miedo, el dolor y el resentimiento que llevaba guardados. Pero ya está. Aprenderá a confiar en ti. Te lo prometo.

Y se quedaron así, las frentes apoyadas, mirándose y con las manos entrelazadas hasta que fueron interrumpidos por el golpeteo de una lechuza en la ventana. Luna y George, los que estaban más cerca, la dejaron pasar. La lechuza voló hasta Hermione, se posó suavemente en la mesa y extendió la patita para que le quitara el pergamino. La muchacha le dio un poco de jugo de calabaza y luego de eso el ave de plumaje marrón brillante, con un leve ulular emprendió vuelo nuevamente.

Era un pergamino firmado por Kingsley, en él le recordaba que tenían que tener todo arreglado para el próximo jueves, esa era la fecha en que Lucius Malfoy sería trasladado desde Tintagel a Malfoy Manor. Cuando todos terminaron de leer, porque sí, además de Hermione y Draco había más cabezas detrás que no se perdían detalle, estallaron los comentarios y recordaron que se habían reunido para tratar el "asunto Vane" como lo habían bautizado.

…oOo…

Para ese entonces ya estaban todos despabilados y atentos. Habían hecho espacio en la mesa y sentados alrededor empezaron a repasar los acontecimientos desde el principio. Vane trataba de socavar la reputación de Harry y Hermione. Harry era el seguro sucesor de Shackelbolt y Hermione era una encumbrada funcionaria de vital importancia para la relaciones mágicas internacionales. Cualquier mancha que cayera sobre el prestigio de ambos redundaría en imprevisibles consecuencias.

George conjuró una pizarra y comenzó a escribir:

Acontecimiento 1: Harry y Hermione besuqueándose en el callej…

-¡Que Harry y yo no nos besuqueamos!, borra es…

-Ya, Herms, que era sólo una forma de abreviar, ¡qué carácter! Pensé que la habías domado, Malfoy –dijo George con un sonrisita socarrona.

-No hay nada que domar, Weasley, continúa por favor –señaló Draco.

-Bien, sabemos que Harry y Hermione NO estaban besuqueándose en el Callejón Diagon cuando los interceptó Romilda Vane.

-¿Qué estaban haciendo entonces? –interrumpió Luna- Ya sé, podemos argumentar que Harry estaba espantando torposoplos de la nariz de Hermione.

-Luna, yo te adoro, tú lo sabes y quiero ser la madrina del primer hijo que tengan, pero dejemos a los torposoplos de lado, ¿quieres? –soltó Hermione espantada y miró a Draco, que tenía los ojos cerrados y se tapaba la boca con una mano, en busca de ayuda.

-Ejem, ejem –la perfecta imitación que Ginny hacía de Dolores Umbridge todavía les ponía los pelos de punta todos- sugiero que dejemos hablar a los tres implicados –y pasó revista a los rostros de Draco, Hermione y su esposo-. Hermione, ¿podrías explicarnos cómo es que nos enteramos por la prensa que tú y Malfoy están juntos?

-Bueno, verás –arrancó la aludida con nerviosismo y mordiéndose el labio, Draco la quiso besar allí mismo- nos encontramos de casualidad en París, hace nueve meses, aproximadamente.

-Diez meses y catorce días –susurró Draco en su oído. Y a nadie le pasó desapercibido el estremecimiento de la muchacha.

Hermione carraspeó y repitió:

-Diez meses y catorce días…Y como iba diciendo, un encuentro llevó a otro y luego a otro. Nos dimos cuenta que nos divertíamos juntos, y entonces un día…bueno… ocurrió.

-Hermione, te pregunté cómo es que esa sucia de Romilda Vane se enteró antes que nosotros, tus amigos, tu familia.

-No lo sé.

-¿No lo sabes? –gritó- ¿Y tú Draco?

-Tampoco.

-¡¿Alguna teoría, por amor a Merlín?!

-Yo tengo una –intervino Rayna y todos los ojos se clavaron en ella.

-Mi amiga Morag trabaja en El Profeta y hace un par de meses me comentó que Vane había vuelto muy entusiasmada de París. Decía que tenía una noticia que haría las delicias de la sociedad mágica. Supongo que sería esta. Lo que no comprendo es por qué no lo dijo en su momento…

-Porque estaba esperando el momento de la salida de Lucius –exclamó Hermione a la que le empezaron a caer todas las fichas.

-Pero si esa información la conocíamos muy pocos –comentó Arthur.

-Bueno, por muy miserable que sea sigue siendo periodista y sabe qué cuerda tocar para hacer una melodía –añadió Molly.

-Por otra parte, al sacar a la luz la relación de Draco y Hermione justo en este momento, nos puede salpicar a todos con su maledicencia –observó Ron.

-¿Qué quieres decir con eso, Ronnie? –preguntó George.

Ron lo miró con cara de pocos amigos y siguió:

-Todo el mundo sabe que nosotros tres –e hizo un gesto que abarcó a los tres componentes del Trío dorado- tenemos una relación un poco extravagante, por decirlo de algún modo. Y que cuando éramos unos niños nos queríamos matar día por medio con Malfoy. Así que Romilda bien podía conjeturar que Hermione era una traidora de la peor calaña. No olvidemos que los roces entre cierta prensa y Hermione nunca fueron suaves –hizo una pausa y todos recordaron los incidentes durante el Torneo de los Tres Magos.

-Tienes razón –acordó Harry.

Hermione retomó la palabra y comentó que esto a Vane le venía como anillo al dedo porque siempre estuvo encaprichada con Harry…

-…así que en su loca imaginación tú te separarías de Ginny, ella tendría el camino libre para conquistarte, Draco me dejaría, los Weasley me abandonarían y nuestra reputación se iría por el caño. Entonces, ¿qué hacemos?

El resto de la tarde giró en torno a lo que harían para minimizar el impacto de la foto y el noviazgo de Hermione y Draco.

Finalmente, acordaron lo siguiente: no harían nada especial, la prensa del corazón ya los había estado buscando, todos ellos hablarían del asunto restándole importancia a la foto y alegrándose por el futuro casamiento de la serpiente y la leona. En cuanto quisieran mezclar los tantos, política y asuntos de amor, los sacarían con cajas destempladas.

El lunes cuando comenzó el hostigamiento de los medios los Weasley cerraron filas en torno a Hermione y la sociedad mágica acusó recibo.

…oOo…

El jueves llegó rapidísimo. Draco acompañó a Hermione a la mansión Malfoy y habló con los elfos Dorcas, Sioban y Gandor. Les explicó que Lucius volvería a la casa y que tenía prohibido hacer magia por lo tanto seguramente les pediría a ellos ayuda. Sin embargo, como Draco había heredado el derecho de mando y obediencia, les ordenó que antes de cumplir con cualquier pedido que su padre les hiciera se lo comunicaran a Hermione, su futura ama.

La verdad que el método era de lo más engorroso, parecía un trámite burocrático para conseguir que te dejen criar un dragón en el jardín, un imposible. Y Harry sabía, porque lo vio en los ojos de esos elfos, que jamás osarían desobedecer a Lucius. Y ni hablar de dirigirse a Hermione. Por lo tanto, le pidió a Kreacher que estuviera a disposición completa de Hermione y que en cuanto sospechara que pasaba algo raro se lo comunicara de inmediato.

Juntos recorrieron la mansión y Draco selló la zona en la que Hermione fue torturada, nadie que no fuera Draco podría deshacer el hechizo, ni siquiera la magia de los elfos podría conseguirlo.

También cegó todos y cada uno de los pasadizos y puertas secretas y junto con el cuerpo de aurores rompieron las maldiciones que todavía pesaban sobre la morada y agregaron protecciones extra para que nadie pudiera entrar sin el permiso de Hermione, Harry, Ron y él mismo. Obviamente, Lucius no podría salir de allí ni aunque lo poseyera el propio Merlín. Y como ayuda adicional colocaron dos retratos, uno de Albus Dumbledore y otro de Severus Snape.

-Severus, se me ocurre que lo pasaremos bien aquí.

-Realmente, Albus, no sé si estás más loco ahora de muerto que cuando estabas vivo. Como sea, no voy a caer presa de tus maquinaciones.

-¿Pero que puede llegar a ocurrir que sea tan grave? -preguntó sereno.

-Ya esa serenidad tuya me crispa –siseó el que fuera profesor de pociones- de todo puede pasar aquí con Lucius.

-¿Tienes miedo por la señorita Granger, Severus?

-Espera y verás –dijo y sonó a premonición.

Un grupo de diez aurores, entre ellos Harry, entraron a la Mansión con Malfoy padre.

En la escalinata los esperaban Draco y Granger.

Lucius estaba delgadísimo, no levantaba la cabeza y parecía asustado. No prestó atención a su hijo ni a la chica que lo miraba con aprensión.

Lo llevaron a sus aposentos y lo dejaron allí.

Draco se despidió de Hermione, él no podía quedarse. Se separaron con gran pesar, hermione no quería quedarse allí sola con Lucius y seis elfos por toda compañía.

Harry la miró con pena y le prometió que hablaría una vez más con Kingsley para ver si podía influir en la decisión del Wizengamot.

Una vez que atravesaron la verja los magos desaparecieron dejando a Hermione con una sensación de fin del mundo instalado en su pecho.

Cuando los ojos se cansaron de mirar la nada, giró y entró a la imponente mansión. Intentaría hacerla un poco más habitable. Después de todo, estaba Dumbledore, tal vez no estaría tan sola, después de todo.

jueves, 14 de enero de 2010

¡Por Merlín! ¿Por qué a mí?

El último año de la vida de Hermione Granger se había convertido, decididamente, en un infierno de la magnitud de la Segunda Guerra Mágica.

La chica de pelo como un arbusto sin podar y curvas sin definir había dado paso a una mujer estilizada, de cintura estrecha y caderas acordes a la contextura pequeña de su cuerpo. Su postura erguida, los hombros echados hacia atrás, los pechos medianos, firmes y tentadores, la redondeada curva de su trasero la alejaba de la imagen que algunos guardaban de ella, sobre todo aquellos que no se la habían cruzado en diez largos años. Tal el caso de Lucius Malfoy, el ex mortífago y padre de su pesadilla recurrente en sus años de estudiante en Hogwarts, el colegio de Magia y Hechicería.

Malfoy había pagado su deuda con la sociedad en efectivo -cediendo gran parte de su fortuna para la reconstrucción del mundo mágico y muggle-, con 10 años de prisión y un año en libertad vigilada sin prerrogativas de mago y con la prohibición de hacer magia por dos años más. En total, tres años sin hacer magia y el de libertad condicional bajo la tutela de un encumbrado y respetado miembro de la comunidad mágica internacional. De hecho, había vuelto para cumplir con ese menester. Ni su amigo Harry Potter, jefe del Departamento de Aurores y asesor principal de Kingsley Schackelbolt, Ministro de la Magia, pudo salvarla de esa condena.
Así que volvió de Francia, donde ocupaba el puesto de Embajadora y Coordinadora de Acciones de Unificación, con la furia circulando por sus venas.
Atrás dejó una relación iniciada hacía unos nueve meses con Draco, que de pesadilla pasó a relación sin más intención que compartir un rato de buena compañía, de eso a amigo con derecho a roce, luego habitante de su lecho los fines de semana con cepillo de dientes incluido y, finalmente, "se nos hace tarde, Granger, toma tu dosis diaria de cafeína y dame un beso como Merlín manda, que no nos veremos hasta dentro de cinco horas en el almuerzo", todo esto dicho de un tirón en su oído mientras movía la cadera contra su centro, logrando que la castaña apenas pudiera sostenerse sobre sus piernas y pensara únicamente en abrirlas sobre la mesa de la cocina para ser cabalgada como una yegua en celo.

…oOo…

Draco la despidió en el sector de Trasladores Internacionales de la Embajada y le dijo que la acompañaría, que no se lo había propuesto antes para que ella no pensara que él creía que no podía amañarse sola con su padre.

-¿En serio puedes dejar tu empresa para acompañarme? -le preguntó con desesperación en la voz.

-Por ti, lo que sea.

-Y... ¿no tienes miedo de enfrentarte a tu padre?

-¿Tendría?- le preguntó extrañado y con el entrecejo fruncido.

-Bueno, sus relaciones no son todo lo paterno-filiales que cualquiera puede esperar en el seno de una familia amorosa, Malfoy -le contestó rodando los ojos y casi exasperada, olvidada del miedo.

Draco rió y hundió la nariz en la salvaje cabellera de su antigua enemiga. Nunca dejaría de reprocharse el tiempo perdido con Granger.

-Mira, dame sólo un momento y arreglaré que yo pueda irme contigo en este traslador.

Ella lo observó cuidadosamente. Sabía que estaba enamorada de Malfoy. Todo de él le gustaba. Su porte altivo, su andar elegante, su firmeza, su inteligencia (¡por Circe, si era casi tan aguda como la suya propia!), la mirada. La mirada era un capítulo aparte. La leona se sentía capaz de escribir un tratado acerca de las particularidades de esa mirada insondable. Las había para todos los gustos: la desdeñosa, cuando discutía con algún zopenco que lo irritaba por su ineptitud; la arrogante, cuando se encontraba con alguien que lo juzgaba por su pasado; la astuta, cuando evaluaba sus posibilidades a la hora de conseguir algo (y ella había comprobado de primera mano que Draco Malfoy no cejaba en sus intentos jamás cuando algo le interesaba de verdad); la apasionada, dedicada a ella y a lo que sea que llamara su atención, ya que si algo definía a Draco era que tras ese frío y controlado exterior, se escondía un hombre de turbulentas emociones que él dejaba ver a muy pocas personas, que supiera, sólo una: ella misma; la que traslucía su perspicacia, capacidad de discernimiento e imaginación (Hermione adoraba esa mirada porque era el anuncio de interminables debates acerca de cualquier cosa y que terminaba con ellos enredados y sudorosos en -literalmente-cualquier lugar, protegidos por un hechizo desilusionador y de silencio); y una recientemente descubierta y que la hacía derretir y pensar en un futuro rodeada de pequeños y pequeñas Malfoys: la mirada llena de ternura, calidez y amor. ¡Oh, sí, la valiente Gryffindor amaba esa mirada de la que era dueña absoluta!

-¡Espera! –le gritó, cuando pudo sacudirse esas sensaciones que la abordaron al mirarlo con tanto detenimiento-. Gracias, de verdad, gracias.

Él detuvo su marcha y se dio vuelta. Le devolvió una mirada expectante y confusa. Y se quedó esperando alguna aclaración.

-No sabes lo bien que me hace saber que quieres acompañarme y eso me da fuerzas para afrontar mi deber yo sola. Tengo que poder enfrentarme a tu padre, por las mías.

-Pero…-la interrumpió- ¿estás segura? Mira que de verdad quiero ir contigo, no me agrada la idea de dejarte en la boca del lobo. Ni tampoco me gusta que estén allí…ellos como tú única salvaguarda –y lo dijo atemperando el tono antipático que le salía cada vez que se refería a los amigos de Hermione.

La castaña acortó la distancia entre ambos, rodeó con sus brazos su cintura y apoyó la cabeza en su sólido pecho. “Ah!, ¡qué bien que se siente!”, dijo bajito al tiempo que emitía un largo suspiro. Draco, la estrechó con fuerza, luego se separó apenas y con el pulgar levantó el mentón de su leona y la miró a los ojos. Se perdieron un instante cada uno en el alma del otro hasta que, finalmente, sonrieron.

-Ya, apúrate, vas a perder el traslador. Y me llamas ni bien llegues –la apremió con suavidad-. Nada de lechuzas ni cosas mágicas que tardan siglos, al celular –le decía pero no la soltaba.
Hermione soltó una carcajada y él la contempló con una mezcla de irritación y ternura.

-¡Ven aquí, guapo! ¡Por Merlín, cómo te voy a extrañar!- dijo abrazándolo una vez más.
Si alguien le hubiera dicho alguna vez que Draco Malfoy y ella iban a estar retrasando el momento de separarse y que ese momento estaría plagado de besos, caricias y miradas apasionadas, Hermione se hubiera despanzurrado de la risa en la propia cara del idiota que lo planteara.

Los sacó de su ensueño una voz que anunciaba que en un minuto se activaría el traslador con destino al Ministerio de la Magia de Londres. Se dirigieron de la mano hacia el lugar indicado y ella sintió la sacudida típica de estos aparatos del demonio y se llevó grabado en la memoria, el recuerdo de unos ojos grises insólitamente brillosos.

…oOo…

Ni bien llegó al Ministerio lo primero que hizo fue llamar a Draco para comunicarle que había llegado bien. Después, se encaminó a la oficina de Kingsley, donde ya la estaba esperando junto a Harry. Le dio un beso al Ministro, que la envolvió con alegría y se fundió en un abrazo largo y cálido con el niño que venció.
Kingsley, luego de una breve charla, le comentó que tenía unos días disponibles para acomodarse y que pasado ese tiempo irían a buscar a Malfoy padre a Tintagel. Ella se retiró con Harry y fueron al Caldero Chorreante a tomar algo y a ponerse al día.

Iban caminando de la mano y tonteando como si fueran novios cuando apareció la sucesora de Rita Skeeter, Romilda Vane, la eterna y vengativa enamorada de Potter, que no tardó lo que toma decir “¡Quidditch!” en ordenarle a su acompañante que les tomara unas fotos, evidentemente comprometedoras según ella, para publicarlas en El Profeta. Ninguno de los dos se percató de su presencia y eligieron ese momento para darse otro abrazo y refregarse la punta de la nariz mientras reían. Vane no cabía en sí de gozo. Su maquiavélica pluma ya estaba escribiendo una historia digna de los murmullos indignados de la comunidad mágica. Dos héroes nacionales engañando a sus parejas sin ningún tipo de pudor. Se relamía con las consecuencias. Ginny Weasley se separaría de Harry, ella lo conquistaría; Draco Malfoy abandonaría a esa arribista sangre sucia y Hermione, en el descrédito total, se hundiría en la más humillante soledad. Romilda Vane se felicitó por no haber anunciado ese romance secreto cuando se enteró unos pocos meses atrás.

Ajenos a estas perversas maquinaciones, los amigos entraron a la posada, saludaron a Hannah Abbot, la nueva dueña del lugar, buscaron un rincón tranquilo y comenzaron a charlar. En principio, de trabajo, luego se pondrían al tanto de sus respectivas vidas. La Gryffindor había decidido blanquear su relación con Draco, ya no tenía sentido seguir ocultando su compromiso con el rubio. Menos ahora, que ella debía convivir con el padre en circunstancias tan inusuales y inciertas.
Harry le comunicó que no pudieron hallar a Narcisa, era como si la tierra se la hubiese tragado. Levaban un tiempo buscándola para aligerar la carga de la chica, quien ahora tendría que habitar Malfoy Manor sola con Lucius y un puñado de elfos domésticos.

-Dime que al menos un par de elfos me obedecerán a mí, Harry –le espetó horrorizada ante la idea de encontrarse en la Mansión de los Malfoy. Ese lugar representaba una pesadilla para la muchacha porque en sus salones había sido torturada por Bellatrix Lestrange, la tía de Draco.

-Tranquila, Hermione, hay seis elfos en la casa, Kreacher, Winky y Elidor están a tus órdenes. Los otros tres son elfos ligados a los Malfoy que no quisieron aceptar su libertad y obedecerán a Lucius o a Draco…Mmh…Tal vez sea conveniente que nos contactemos con el hurón…

Hermione carraspeó insegura y levantó los ojos y los enfocó en los verdes de su amigo:

-Harry, hay algo que debo decirte…-balbuceó.

Harry la escudriñó interesado y alerta. “¿Con qué saldría Hermione ahora?”, pensó.

-elhurónbotadoresminovioestamosenamoradosyhacenuevemesesqueestamosjuntos –le disparó de corrido y la cara roja como una amapola.

-¿Qué?-gritó Harry, pero porque no había entendido una palabra de lo que Hermione había dicho.

-Que Draco y yo llevamos nueve meses juntos, Harry, estamos enamorados –confesó con las mejillas teñidas de rubor.

Harry encajó la noticia y de golpe se echó a reír.

-No le veo la gracia –le espetó enojada.

-Es que no entiendes –dijo entre risas- cuando se entere Ron. ¡Por Merlín y Morgana juntos, Hermione! Yo no se lo digo. Ya sé, la enviaremos a Ginny para que oficie de embajadora, ¿qué te parece? Ron no va a matar a su propia hermana –concluyó satisfecho.

-Y tú… ¿qué dices? ¿Estás de acuerdo? –preguntó, insegura de la reacción personal de Harry.

-¿De verdad lo amas?

-Con el alma, Harry.

-¿Y el hurón te corresponde?

-No le digas hurón.

-Responde.

-Sí, él también me ama.

-¿Cómo lo sabes?

-¿Cómo sabes tú que Ginny te ama, Harry? Y ¿cómo me explicas tú cómo sabes que la amas a ella? –le respondió con cierto enfado.

-Touché. Si tú lo amas y él a ti, no tengo nada que objetar. Eso sí, quiero ser el padrino del primer huroncito que nazca –dijo ese magnífico hombre en que se había convertido Harry Potter, con una amplia sonrisa mientras acariciaba la mano de su amiga.

Detallaron un par de cosas relativas a su trabajo con Malfoy padre y fueron al Callejón Diagon. Hermione compró algunas cosas que necesitaba y Harry la acompañó hasta su viejo departamento en el Soho. La ayudó a acomodar y a limpiar a punta de varita y antes de irse le pidió que fuera a Grimmauld Place a cenar. “Ginny y los niños te esperan”, alcanzó a decir antes de desaparecer en un relámpago verde de polvos flú.

No estaba en su precioso departamento desde que inició su relación con Draco. Ese era el tiempo exacto que llevaba sin poner un pie en Londres ni visitar a sus amigos. Rememoró el día que Kingsley le propuso el cargo, cuatro años atrás, mientras se metía en la tina dispuesta a darse un relajante baño de burbujas.
Lo aceptó complacida porque suponía un gran logro en su carrera. Por otra parte, Francia no estaba al otro lado del mundo, por lo tanto podría seguir viéndose con sus amigos y malcriando a su ahijado sin ningún inconveniente. Y todo marchó sin tropiezos hasta que “conoció” a Draco. Sí, conoció era la palabra adecuada, porque estaba frente a una persona distinta a aquella con la que compartió siete años en Hogwarts. Este Draco no tenía nada que ver con aquel niño arrogante, irritante y ofensivo. Se había convertido en un hombre orgulloso de sus logros, un hombre que había conquistado una nueva posición a fuerza de sincero arrepentimiento. El mea culpa de Draco Malfoy era su propia vida al servicio de la convivencia armoniosa de la comunidad mágica y la muggle. Y Hermione celebró ese cambio y se enamoró de él como nunca antes. Ni siquiera se sintió tan bien, tan plena y tan segura con Bill Weasley, el hermano mayor de Ron, con quien sostuvo un noviazgo que todo el mundo creyó que terminaría en boda. Bill era parecido a Draco en muchas cosas pero no tenía ese toque de malicia, esa maldita arrogancia subyugante. Definitivamente, Bill no era Draco. Su Draco. Sonrió.




Se tropezaron en el precioso y pequeño jardín de la iglesia de Saint-Germain-des-Prés. Llovía a cantaros y corrían con la cabeza gacha buscando refugio. Tardaron un momento en reconocerse, los dos con el pelo escurriendo agua y la ropa pegada al cuerpo y ella con el rimel corrido. -¡Qué curvas Granger! –le dijo con la característica sonrisa Malfoy y un aire engreído. -¡Oh, cállate, hurón! De entre todas las personas tenía que encontrarte justo a ti – en los ojos de Hermione relampagueaba el resquemor y eso, extrañamente, molestó al Slytherin. Con el rostro repentinamente serio, tomó la barbilla de la chica y la obligó a que lo mirara: -Ya no soy ese imberbe que creía a pies juntillas las fantasías de poder y dominación de un grupo de esclavos sanguinarios, Hermione –señaló deletreando su nombre con cierta inquina. -Sin embargo tu tono sigue siendo el mismo –le contestó altiva. -Perdóname –dijo al cabo de un instante de silencio y se dio vuelta dispuesto a marcharse. -Espera –lo llamó obedeciendo a un impulso que no supo explicar-. Volvamos a empezar, ¿quieres? -Hola, me llamo Hermione Granger –se presentó. -Encantado, soy Draco Malfoy –le dijo extendiendo la mano; una sonrisa que bailaba en su boca y brillaba en sus ojos. Hermione se internó en ellos y supo que estaba perdida. O que lo estaría en poco tiempo.
Volvió al presente. ¡Cielos, cómo lo extrañaba! Y no hacía un día que no estaba con él. Se preguntó qué estaría sintiendo Draco en estos momentos y con ademán perezoso dejó la copa de borgoña en el piso, tomó el celular y lo llamó una vez más.

-Te extraño, presumido –susurró.
-Y yo a ti, ratona. ¿Te ayudó Potter a instalarte? –le preguntó solícito.

-Sí –y lanzó una risita tonta.

-¿Qué fue eso, preciosa?

-Es que, deberías habernos visto, Draco. Parecíamos una parejita haciéndonos arrumacos. No sabía que extrañaba tanto a Harry.

-¿Y así me lo dices? ¿Qué se supone que debo hacer yo ahora? –le preguntó intentando sonar severo y recriminatorio.

La castaña que sabía que no estaba enojado ronroneó en su oído. Draco gimió en respuesta, al tiempo que murmuraba vaya a saber qué de la injusticia. Pero, previsor como era, decidió darle una sorpresa. Había pedido permiso para transformar un objeto en traslador y en cuestión de minutos estaba en el departamento de su mujer. ¡Por Merlín, qué bien sonaba! Su mujer.



Deslizándose silenciosamente entró al baño. Vio como ella se puso alerta. Lo había descubierto. Hermione era una gata que lo encontraría siempre por el olor. Amaba esa naricita. “La quiero en todos mis hijos”, divagó mientras depositaba suaves besos en la curva del cuello que ella graciosamente puso a su disposición.

No le importó empapar el carísimo traje que llevaba puesto, hundió las manos en el agua fragante y las dejó vagar por el cuerpo mojado de su amante. Tocó las cúspides de sus pechos y la sintió arquearse hacia él. El aroma a gardenia y sándalo que ella desprendía inundó sus sentidos y la urgencia por tomarla apremió aún más a su miembro erguido. La sacó de la tina y mojando el piso la llevó hasta la cama. Ella lamía la piel de su pecho y con manos nerviosas y apuradas luchaba con los botones de su camisa para desnudarlo. Él decidió ayudarla arrancándose la ropa a tirones. El cuerpo febril de Hermione lo atraía como un imán y sin más preámbulo se hundió en su interior. Ella levantó las caderas exigiendo una penetración más profunda y el arremetió con fuertes estocadas sin dejar de mirarla. La piel húmeda y caliente era un acicate para ambos. Hermione recorría su espalda dejando cada tanto las marcas de sus uñas mientras jadeaba pidiendo más arrebatada de deseo. Y su hombre correspondía con penetraciones cada vez más furiosas y rápidas. Se desintegraron el uno en el otro en un estallido de placer que los dejó exhaustos.
Ninguno de los dos alcanzaba a comprender del todo el ímpetu de la pasión que los gobernaba. Sólo sabían que no podían hacer otra cosa que dejarse llevar y disfrutar de algo que presumían raro, especial, único y, hasta dónde entendían, reservado a una pocas personas privilegiadas, aquellas capaces de entregarse íntimamente sin reservas.
Se durmieron desnudos y entrelazados. Así los encontró Harry, que preocupado por la tardanza de la castaña fue a buscarla sin anunciarse. Nunca había visto a su amiga desnuda y mucho menos en una situación así. Tuvo que reconocer que era una espléndida mujer… Cierta urgencia lo llevó de vuelta su hogar para reclamar un cuerpo pecoso y de flameante cabellera.

…oOo…

-¿Te quedarás? –le preguntó mientras se sacaba el bigote de espuma de café con la lengua.

Draco adoraba ese gesto. Podía quedarse horas viendo cada pequeña expresión de su castaña.

-Cásate conmigo –le soltó de golpe.

-¿Cómo…? Pero…

-Hermione, la respuesta es una sola y no la encuentro en ese intento de oración –gruñó Draco.

-Draco, es que…yo…sí, sí. ¡Sí! –y se lanzó a sus brazos dando brinquitos como una niña.

El rubio la recibió con los brazos abiertos. Nunca se iba a cansar de ella, de esa mezcla rara de inocencia y sensualidad que destilaba. Y se sintió orgulloso porque esa mujer inteligente y bella, que podía tener a cualquiera a sus pies, lo había elegido, a él. A Draco Malfoy, la persona que se encargó de desquiciarle la vida durante seis años en Hogwarts. La admiró una vez más. Ella dejó todo atrás como si jamás hubiera pasado. Nunca le hizo un reproche, en las batallas verbales que tenían nunca, nunca, había sacado a relucir su pasado como arma para lastimarlo. Realmente, era un tipo con suerte. Y juró amarla y protegerla con su vida.

En eso llegó una lechuza con el periódico. Draco le pagó, puso a un costado su taza de café y comenzó a leer. Antes de que pudiera avanzar con la lectura, la foto en movimiento de dos personas que andaban de la mano se agrandó hasta que pudieron reconocerse sus rostros.

-¡Pero qué demonios! –estalló el rubio escupiendo café y ensuciando la mesa y a él mismo.

-¡Draco! ¿Qué pasa?

-¿Qué significa esto Hermione?-le preguntó a los gritos sacudiendo El Profeta frente a sus ojos abiertos desmesuradamente.

La chica le quitó el diario de las manos para ver qué era lo que había provocado semejante reacción. Y se empezó a reír. Primero de puras ganas, pero al ver la mueca indescifrable de Draco, la risa se tornó nerviosa.

-Si mal no recuerdo, Malfoy –le dijo recalcando su apellido- ayer te comenté que Harry yo nos hicimos arrumacos. Y sé que no se ve bien –continuó, ahogando el intento de Draco de hablar- pero si te fijas en quién escribió la historia, comprenderás muchas cosas. Además, tú sabes, porque fuiste testigo en nuestros años de colegio, que Harry y yo siempre fuimos muy cariñosos el uno con el otro.

-¿Y tú cómo sabes que yo sabía eso?

-Porque un día me detuviste en un pasillo para decirme que manosearme con Harry Potter era lo único que iba a conseguir en mi patética vida –le gritó furiosa-. Y yo nunca me manoseé con Harry –aclaró algo triste por el recuerdo.
Dicho esto se derrumbó en la silla y lo miró ceñuda.

-Bueno…perdóname…por favor -suplicó yendo hacia ella y ocultando su cabeza en su regazo. Siempre hay una primera y hay que reconocer que se le dejó servida en bandeja: primera vez que Hermione mencionaba su asquerosa actitud escolar hacia ella.

-¡Ay, qué haré contigo, niño!

-¿Amarme? – preguntó juguetón.

-Siempre, hurón, siempre.

-¿Lo suficiente como para casarte conmigo? –preguntó contrito y esperanzado.

-Vuelve a preguntarlo dentro de un rato, tengo otros planes para ti en este momento –le dijo mientras le ofrecía su intimidad que estaba a la altura justa de su lengua.

…oOo…
Luego de que llegaran seis patronus (el de Harry, Ginny, Ron, Molly, Kingsley y Bill) con diferentes mensajes y niveles de alteración, decidieron que lo mejor sería reunirse en La Madriguera para elaborar entre todos una estrategia que frenara las derivaciones insospechadas de la noticia que había regado ese remedo de periodista que era Romilda Vane.

Se aparecieron en el linde del terreno que rodeaba a la extraña construcción que era el hogar de los Weasleys. Tomados de la mano, Draco y Hermione avanzaron hacia la casa y fueron interceptados por los hijos de Harry y Ginevra, James, el ahijado de Granger y Albus Severus. Detrás, corría hacia ellos Ginny gritando como loca:

-¡Nunca te perdonaré, Hermione Jane Granger! Creía que eras mi amiga, me duele, de verdad me duele. Enterarme de esta manera…no tiene nombre, nunca te creí capaz de semejante traición. Me ocultaste todo este tiempo…

La castaña la miraba como si estuviera loca. Draco no entendía nada y menos cuando las dos mujeres largaron la carcajada y se abrazaron tanto que casi se quedan sin aliento.

-Bienvenido al clan, Malfoy –le dijo Ginny mientras tomaba del brazo a su amiga y tiraba de ella hacia la casa dejándolo atrás.

Molly la abrazó y le echó un vistazo general como para cerciorarse de que estaba bien. Luego abrazó a Draco, quien totalmente desconcertado apenas atinó a darle una palmadita en la espalda. Luego fueron desfilando los demás, Harry, Arthur, George, Luna, el ministro y finalmente, Ron.

El aspecto no presagiaba nada bueno. Tenía los ojos entrecerrados, los puños cerrados y las orejas rojas. Se avecinaba una típica explosión de temperamento. Hermione se preguntaba cuánto más iba a poder soportar Draco sin llevársela de allí de manera intempestiva.

-Tú, tú, tú…-parecía que era el único pronombre capaz de pronunciar sin ahogarse-. ¿Qué le has hecho a mi Hermione? ¡Contéstame, maldito hurón albino!

-Ron, cálmate –exclamó la chica preocupada y miró a Harry, quien eludió su mirada.

-Weasley…-intentó Draco juntando calma que no sentía.

-Cállate. Tan sólo permanece mudo –y antes de que nadie se diera cuenta inmovilizó a Draco con un Incarcerus y con un Silencius lo dejó calló.

-RONALD BILIUS WEASLEY QUITA ESOS HECHIZOS DE MI ESPOSO SI NO QUIERES PROBAR MI OPPUGNO PERO CON DAGAS…YA.

El pecho de Draco se infló de orgullo y cariño por su leona. ¡Oye! Si hasta se le había despeinado la melena. Decidió que cuando recuperara la movilidad no iba perder el tiempo peleando con la comadreja. Besaría a SU mujer y que todo el mundo se fuera a la mierda.
Hermione no podía creer que Harry no hubiera podido convencer a Ron de que su relación con el Slytherin iba en serio. Un silencioso “te lo dije” le llegó como respuesta. Todavía furiosa, contempló a su pelirrojo amigo que estaba frente a ella, rojo hasta decir basta de pura vergüenza.

-Perdóname, Hermione –musitó- me dejé llevar. Y antes de que ella pudiera decir nada agregó, mirando hacia Draco:

-Lo siento, hurón. No volverá a repetirse. Dicho esto le quitó los hechizos y se quedó esperando la reacción del rubio.

lunes, 4 de enero de 2010

Mi nombre en tu voz -Draco-

¿Es que años de mascaradas, de hipócritas sonrisas, de orgullo desmedido, de pedantería no me habían enseñado nada? Si yo sabía lo que había detrás de toda esa afectación: vacío, afán de poder, desprecio por los inferiores y lujuria. El mundo de los sangre pura se movía cómodamente en los límites artificiales de lo permitido y lo deseado. Y siempre una buena cantidad de oro podía volver esos límites aún más difusos.
Me criaron para ser el Príncipe de Slytherin, el sucesor de mi padre, futuro mortífago. Y yo acepté gustoso esa herencia. Disfruté de mis prerrogativas de sangre y alcurnia, crecí pisoteando a los que no eran iguales a mí, castigué como fui castigado, dejé de reír tal como me indicaron, escondí mis emociones, las sepulté, las ahogué y las creí muertas. Las personas eran objetos a mi servicio, nacidas para servirme, de una u otra manera. Pero siempre supe lo que había detrás del escenario. Y como siempre lo olvidé. Porque entre lo fácil y lo correcto, elegí lo cómodo. Y, por supuesto, pagué el precio.

...oOo...

La vi ni bien me acomodé en el Expreso de Hogwarts. Me pareció bonita, aún con su pelo enmarañado, pero era un niño y no me fijaba en esas cosas. Simplemente me alumbró con su sonrisa y el brillo de sus ojos del color de las avellanas. Además, el ser un mago de sangre limpia permite reconocer muy fácilmente el poder mágico que corre en el interior de los magos y brujas y el de ella era increíble, de una fuerza y una calidez que nunca había sentido. Longbottom también lo sintió, lo vi en su cara y lo odié al instante. Y ese traidor a la sangre también lo hubiera hecho si no hubiera estado tan ocupado en reírse de ella y hacerse amigo de Potter. Jamás dudé de sus orígenes hasta que supe la verdad. Ese fue uno de los días más desolados de mi vida. Porque a partir de ese momento tendría que comenzar a odiarla. Y lo hice, vaya si lo hice.

...oOo...

El día que me encontró llorando en el baño, furioso, aterrado y desencajado, creí que nada peor podía agregarse a mi ya despreciable vida. A todas mis desgracias tenía que sumarle que la sangresucia me viera en ese estado humillante y peor aún, que descubriera mi secreto. Si ella hablaba estaba perdido. Potter no tardaría en convertir lo que quedaba de mí en un infierno.
Imágenes de mi madre muerta, de mi padre torturado desfilaban por mi mente mientras ella se acercaba a mí.
Y de pronto, el mundo se detuvo. No hubo palabras. Su gesto estaba envuelto en silencio. Pude sentir las yemas de sus dedos recorriendo la marca que me señalaba como mortífago. Todo lo que ella odiaba, todo aquello por lo que ella luchaba junto a Potter y el pobretón, bajo la caricia suave de sus manos. No me atrevía a mirarla y me quedé quieto, esperando su amenaza y sabedor de que ella cumpliría cualquier cosa que prometiera. Sin embargo, cuando por fin me atreví a verla, no halle ni asco, ni desprecio ni amenazas. Sólo pena, ella, Granger, mi enemiga declarada, la víctima de mis insultos y mi desprecio a lo largo de seis años, la sangresucia inmunda sintiendo pena por mí.
Me perdí en esa mirada profunda y vi en ella algo más. Tal vez ¿comprensión? No sé, sólo supe que sea lo que fuera, lo necesitaba. Y supe también que las cosas ya no serían iguales entre ella y yo; y que, en gran medida, lo que fuera a suceder dependía de mí.
Pasé mis dedos por la marca, la calidez que Granger había dejado, se estaba diluyendo.

Pese a ello, durante un tiempo me quedé esperando lo peor. Tenía pesadillas con Potter y weasel, denunciándome ante Dumbledore o torturándome, aunque sabía que no era propio de ellos hacer algo así y ella mirando sin hacer nada. Los días pasaban y lo único que cambió fue nuestra mutua actitud. Ya no había insultos, ni advertencias ni desafíos en nuestros encuentros, cada vez más frecuentes, como si fueran casuales, y los dos sabíamos que de casuales nada.

...oOo...

El silencio entre los dos estaba lleno de cosas sentidas, de palabras guardadas, de sentimientos que florecían lentamente. Pronto esos encuentros se plagaron de gestos sosegados, ella me alcanzaba la tinta verde esmeralda cada vez que se me acababa, yo levantaba del suelo lo que que sea que se le hubiera caído y se lo daba. Nuestras rondas de prefectos habían coincidido, y siempre las terminábamos en la Torre de Astronomía. La vez que casi me animo a besarla sentimos a la gata de Filch y como hacía rato que tendríamos que haber estada en nuestros respectivos dormitorios nos escapamos de un seguro castigo a la velocidad de la luz, no sin antes hundirnos en la mirada del otro y por primera vez, una sonrisa radiante y dirigida a mí, se dibujó en su rostro, sonrisa que fue aceptada y retribuida con una pequeña carcajada ahogada. Nunca me había sentido tan feliz en mi vida, al menos que recordara. Una extraña calidez se expandía por cada centímetro de mi cuerpo y empecé a dudar de mi misión.

Unos días después, estaba frenético buscándola, no la encontraba por ningún lado. Se suponía que a esa hora debíamos encontrarnos "casualmente" en el lago. Ella no podía fallarme, no después de esa sonrisa, no después de ese "casi" beso. Me serené porque algo me decía que Granger me necesitaba. Y ese instinto que producía nuestros encuentros me llevó a los lindes del Bosque Prohibido, allí la encontré. El pelo enmarañado y lleno de hojas, la camisa abierta, los botones arrancados, el brassier roto, sus pechos expuestos con marcas rojas de dedos, un mordisco profundo en el cuello. Las uñas de ella rotas y llenas de sangre, había arañado a su agresor. Comencé a acercarme pero se alejó de mí como pudo, entonces empecé a murmurar palabras de consuelo mientras me aproximaba a ella con cautela, la cubrí con mi túnica y la abracé. Ella se ovilló en mí como un animalito herido y deseé haber estado allí para impedir ese agravio a su cuerpo y a su espíritu. Juré venganza, pero no tenía que permitir que ella se diera cuenta. Una vez que tuve el nombre, la llevé a la enfermería. Cuando encontré a Flint me encargué de que no le quedaran ganas de volver a atacar a nadie en lo que restara de su patética vida.


...oOo...




Aterrado, me dirigía hacia el despacho del viejo loco. Dumbledore quería hablar conmigo y eso sólo podía significar una cosa: Granger habló.
En el despacho también se encontraba Snape. Me taladró con su mirada y decidí no oponer resistencia, dejé que entrara en mi mente y le mostré todo, absolutamente todo. Luego, apuntó su varita a su cabeza y quitó esos pensamientos y los arrojó al Pensadero. Dumbledore se sumergió en ellos. Ahora quedaba a merced de la decisión que tomara ese mago al que desprecié toda mi vida.
Esperaba con la cabeza gacha mi sentencia, pero ésta no llegó. Me enteré del papel de Snape como espía al servicio de la Orden del Fénix y del plan que habían pergeñado para salvarme a mí y a mi familia, o al menos a mi madre. Lucius estaba muy involucrado con la causa del Señor de las Tinieblas como para poder sacarlo del foco de la atención de Voldemort sin que se levantaran sospechas. No podía creer en mi suerte. Sabía que no merecía esa ayuda. Pero iba a hacer todo lo necesario para merecerla.

Me alejé unos días de Granger porque tenía que poner en orden mis ideas, sepultar años de creencias sin asidero y organizar mis prioridades. Entre ellas, tenía que poder acomodar mis sentimientos hacia Potter y Weasley si quería estar con Granger y eso suponía dejarme humillar por esos dos que tenían sobradas razones para hacer de mí un estropajo.

Cuando estuve listo la abordé. La encontré en la Torre de Astronomía, de cara a las estrellas. El suave viento mecía su pelo, algunos mechones se pegaron en sus labios entreabiertos en una sonrisa. Me sacudió esa imagen adorable llena de sensualidad, era como una vestal ofreciendo una pureza voluptuosa a los dioses.

-¡Draco! Por poco me matas de un infarto. ¿Qué haces aquí? Tus rondas ya no coinciden con las mías -y no pudo impedir que la tristeza se colara en sus palabras.

-Te esperaba a ti, Granger.

Por el rostro de Hermione pasaron mil expresiones, asombro, esperanza, desconfianza, duda y finalmente, curiosidad.

-Necesito hablar contigo.

-Dime -me contestó tratando de descifrar lo que decía con el tono.

-Se lo dijiste...

-Sí -con la barbilla en alto y la mirada desafiante.

La encerré entre mis brazos, y con una urgencia que no sabía que sentía, comencé a acariciarla, a besarla mientras le agradecía una y otra vez lo que había hecho por mí. Granger me había dado la vida sin saberlo.

Nos desnudamos bajo la luz titilante de las estrellas. Era la primera vez para ella y para mí...como si lo fuera.
Mi boca se cerró lentamente sobre la suya, quien, tras oírse gemir, me abrazó rodeándome el cuello como si le fuese la vida en ello. La abrazaba con fuerza y la calidez de su cuerpo, así como la energía invisible de su aura, me envolvían.
Su cuerpo, terciopelo profano, se ajustaba al mío como si estuviera hecho para mí, como si cada curva encontrara su descanso en mi figura fibrosa.

-Eres tan hermosa -murmuré.

Hermione sabía que no era del todo verdad, pero de pronto se sintió atractiva, tal era el poder de aquella voz y la noche misteriosa.

-Tú también -me dijo, embelesada.

Me enredé ella con una carcajada sonora y masculina. Deslicé un muslo entre sus piernas, mientras le susurraba palabras seductoras contra la piel desnuda del pecho. Granger respondió impulsivamente; no con palabras, pues apenas podía hablar, sino con el cuerpo. Se retorció y arqueó bajo mi cuerpo, abrazándome con todas sus fuerzas.
Por mi parte,dejé de hablar muy pronto y mi respiración se volvió jadeos roncos. Las manos de Granger notaron que mis músculos se tensaban. Podía percibir que ella sentía unos estremecimientos tan intensos que apenas pudo asombrarse cuando bajé la mano para acariciarle el sexo.
Ella necesitaba que yo la tocase así. En realidad, necesitaba más, mucho más.

-Sí... Sí, por favor -susurró.

-Lo que quieras, todo lo que quieras. Sólo tienes que pedirlo -le respondí con voz áspera por el afán de poseerla.

La acaricié hasta que ella me rogó una liberación que no sabía cómo describir, hasta que se sintió oprimida por el deseo. Cuando deslicé un dedo en su interior, pude sentir como la urgencia se volvía insoportable para ambos.
Porque yo me hallaba en un estado similar. Gemía como si algo me doliese muy adentro; ya no la tocaba con la exquisita ternura de un amante delicado, sino que luchaba con ella, la desafiaba. Granger, eufórica, respondió al desafío de aquella batalla sexual.

-Estás hecha para mí -le dije repentinamente, como si me hubieran arrancado las palabras-. Eres mía-. Era una afirmación, la declaración de un hecho indiscutible. Tomé su rostro entre mis manos y le exigí:

- Dilo. Di que eres mía.

-Soy tuya.

Luego de esas palabras me hundí en su cavidad húmeda y lista para mí y fuimos juntos al paraíso.

-Soy tuya -repitió con un jadeo ahogado-. Y tú, ¿eres mío?

-Siempre, lo soy desde siempre.

Me miró confundida y extenuada. La brisa fría rodeó nuestros cuerpos acalorados y nos juntamos todavía más si era posible. Yo boca arriba mirando las estrellas, ella con la cabeza apoyada en mi hombro, la sentía poderosa y frágil a la vez. Giré mi cabeza y busqué su mirada.
La luna y las estrellas fueron testigos de mi declaración y su asombro:

-Te amo, Granger. Desde que te vi, hace seis años.